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ADEMÁS DE SERLO… HAY QUE ENCARNARLO

Algunas veces me pregunto porqué al entrenar con prácticas corporales, hay una conexión interior que me dice lo que me conviene y lo que no tanto. No es solo sensorial, es algo que surge de dentro de mi, como una llamada. A veces de sensación, a veces de limite otras veces de conexión. Entonces observo cual es mi proceso corporal y si puedo seguir en esto o lo otro. Y es del mismo cuerpo-mente, de donde viene la orden de elegir.

Encarnar (embody) es esa capacidad de sentir el aspecto subjetivo del cuerpo. La ciencia médica ve al cuerpo como un objeto, por el contrario la encarnación (embodiment) observa al cuerpo como “quien soy”. Es la experiencia sentida del cuerpo de adentro hacia afuera y como se aplica al bienestar, las vivencias, las relaciones y el liderazgo.

Puedo estar entrenando una postura activa o movimiento y sentir lo somático, es decir encarnar la consecuencia física y mental de tal o cual proceso que se está dando en este momento en mi cuerpo. Puedo concentrar mentalmente eso mismo y ver el efecto sobre mi cuerpo aunque no esté encarnando esa experiencia. De aquí deduzco el poder de la mente para llevar a cabo el simulacro de movimiento que nos puede convencer de un resultado físico ficticio, aunque llegue a tener un resultado positivo. Encarnar el proceso se hace pues necesario para asentar una experiencia vital.

Donde situamos entonces lo real del movimiento y lo encarnado? Sin entrar en lo profundo de la psique humana me inclino por lo real del movimiento encarnado en el espacio, una propiocepción sentida que marca el camino de la conciencia del movimiento.

Lo encarnado o somático tiene una perspectiva en primera persona sobre el cuerpo y la comprensión científica del cuerpo es en tercera persona. Es evidente que la ciencia lo exige ya que la comprensión del cuerpo es contracultural y la experiencia en primera persona se ignora o es sujeto de validación. Por fortuna ya hay una gran cantidad de evidencia científica relacionada con esta área y las dos formas de entender el cuerpo parecen estar cada vez más unidas.

Partiendo del paradigma de que cuerpo y mente están vinculados y funcionan al unísono, es decir el cuerpo recibe el impacto y acto seguido entra la mente que dirige el movimiento, lo ordena y dependiendo de la estructura mental lo realiza. Hay una base física para cualquier acto subjetivo. Es indudable que la actividad mental puede afectar al cerebro y en general al cuerpo, pero ¿qué se mueve alrededor de ello? Las emociones como fenómenos corporales y mentales tiene sentido para la mayoría de la gente. Incluso las personas con bajos niveles de conciencia corporal pueden describir el componente corporal de la respuesta emocional.

El movimiento está siendo estudiado como algo que puede cambiar eventos mentales y toma de decisiones. Desde una perspectiva encarnada, el movimiento es fundamental para saber quién soy y como funciono.

Y llegamos a lo cognitivo donde muchos estudios muestran la influencia de postura y movimiento sobre el pensamiento considerando la noción de cognición encarnada. Se puede afirmar que el pensamiento humano depende de una retroalimentación corporal. Además el atender, sostener y gestionar la propia vivencia a través de diversas técnicas, evidencian el centramiento y relajación que implica la postura. Movimiento, respiración, visualización y conciencia son las herramientas básicas de una actitud corporal.

Sin olvidar que entrar en el movimiento es entrar de forma directa en la sensibilización de nuestro cuerpo. Desarrollar la sensibilidad es previo o paralelo al desarrollo de la conciencia (Kabat-Zinn). Activamos nuestro cuerpo a través del movimiento. Moverse en el espacio nos permite acceder a cómo nos sentimos internamente en relación a un medio externo. Nos ubica de forma móvil en la relación organismo-medio. Esta “movilidad” facilita la conciencia muscular, respiratoria y energética. Implica una movilización que permite acceder a capas más profundas de nuestro organismo, y desde allí relacionarnos de un modo sentido con un medio interno y externo siempre cambiantes.

La neurociencia nos describe cómo el corazón y el intestino contienen grandes cantidades de neuronas, a veces incluso llamados “cerebros” secundarios, y esto es relevante para el trabajo encarnado. Los nervios se distribuyen por todo el cuerpo y todo nuestro sistema nervioso está unido. La neurociencia destaca la naturaleza relacional social del sistema nervioso humano y por qué el aprendizaje a través de la interacción y la comunidad en los enfoques encarnados es tan poderoso.

Por otra parte la vida no es solo movimiento, sino ritmo. En el mundo moderno, se ha perdido la sensación de ritmo natural en gran medida al encender las luces artificiales para cambiar la noche en día, anular la necesidad de descansar o despertar con estimulantes y depresores, y no reconocer los ciclos humanos naturales que hacen que la persona sea saludable, feliz y productivamente sostenible. Sin embargo, la realidad es que el cuerpo-mente tiene sus ciclos, y habría que resituarlos. Estos ciclos pueden ser a corto o largo plazo y funcionan en todo lo que hacemos, desde tomar un sorbo de agua, relaciones, proyectos de trabajo, hasta el curso de nuestra vida.

Un buen microejemplo puede ser un beso. Si pensamos en un beso simplemente como una acción lineal, perdemos la esencia del mismo. Cuando uno “entra” para un beso hay una escucha, una entrada para negociar, un momento para vivenciar, un momento para sostener el beso, una forma de desarrollarlo y jugar con él, un aumento de la emoción, un pico, un descenso, una salida para “negociar”, una finalización, un retiro y descanso, ¡antes de lo que pudiera suceder después! Estos complejos tiempos y aspectos relacionales pueden ocurrir en menos de un segundo, y cuanto más nos acostumbramos a besarnos con alguien, más fáciles y menos obvios se vuelven. Es encarnar un movimiento que puede ser sensual, social, relacional y hasta sexual.

Todos ya somos maestros de ritmos, negociando ciclos como el de arriba muchas veces al día. Internamente, nuestros cuerpos son conjuntos complejos de ritmos interrelacionados. Nuestra respiración, latidos cardíacos, sueño, impulsos nerviosos, cambios hormonales, de hecho, todos los sistemas corporales imaginables, bailan al ritmo y la melodía universal. El “gran cuerpo” del universo se mueve en ritmos similares. El movimiento de todo, desde los átomos hasta lo denso y los planetas, no solo fluye, sino que late. Todo está creciendo y menguando; El universo es marea. George Leonard describe esto elocuentemente en su libro The Silent Pulse:  “En el corazón de cada uno de nosotros, cualesquiera que sean nuestras imperfecciones, existe un pulso silencioso de ritmo perfecto, un complejo de formas de onda y resonancias, que es absolutamente individual y único, y que nos conecta con todo en el universo”.

La vida parece un conjunto de cosas, que la palabra no puede abarcar, tan solo simplificar convenientemente. Pero no somos estáticos. De hecho, un árbol es “árbol”, no “un árbol”. Incluso en lo que parece estático, como una roca, se da en realidad un proceso muy lento. Mira lo suficiente o lo suficientemente cerca lo que parece estático, incluidos nuestros cuerpos y preciosos seres, y descubrirás que todo se está moviendo. No hay un lugar firme para pararse y todo es interdependiente de todo lo demás. Todo es proceso y es relación.

Y mas allá el misterio de la vida a observar y encarnar.


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