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MEDITACIÓN Y MUERTE

EL 07-09 FEBRERO tuvimos el honor de tener en Baraka a Enric Benito y Tew Bunnang en un taller sobre “LA MEDITACIÓN Y LA MUERTE”

En un reciente artículo científico (Y.Dor-Zidermana, A.Lutz, A.Goldstein, NeuroImage, Vol.202, 15 Nov. 2019) se señala que nuestros cerebros hacen todo lo posible para evitar que pensemos en nuestra inevitable desaparición. El estudio encontró que el cerebro nos protege del miedo existencial y clasifica la muerte como un evento desafortunado que solo les sucede a otras personas. La idea de morir va en contra de nuestra biología que es la encargada de mantenernos vivos.

Las religiones surgen para intentar consolar o integrar la idea de que la muerte es inevitable. La cultura, es la expresión de algo que nos trasciende, es la forma en que los humanos hemos afrontado la angustia existencial, el miedo a dejar de existir.

La meditación es la indagación sobre qué eres o quién eres, lo que en ti es falso y lo que es verdadero, lo mortal y lo inmortal. Cuando comprendes la relación entre la mente y el cuerpo, la experiencia de la muerte física no afecta a la mente. El que haya meditado morirá alegremente pues sabe que la muerte no existe, que la angustia existencial no es más que apego a la vida. La meditación enseña a dejar de vivir como su tuviésemos existencia propia y, por eso, la experiencia es la misma que la de morir, pero la actitud es diferente porque la meditación es vida y la muerte es sólo una ilusión.

La meditación en la muerte contrarresta al profundo sentimiento psicosomático de que hay algo individual y permanente que va a existir por mucho tiempo. Meditar en la muerte no es un ejercicio morboso. Solo valoramos las cosas cuando existe el riesgo de perderlas y hacemos lo mismo con la vida. Como rechazamos la idea de morir damos por hecho que vamos a seguir viviendo y dejamos de vivirla, nos llega a aburrir. Paradójicamente, meditar en la muerte nos hace más conscientes de la vida. La conciencia de la muerte nos despierta a la sensualidad de la existencia.

La comprensión de la propia muerte nos puede ayudar a confrontar la muerte de los demás. La muerte de alguien altera la ilusión de permanencia en la que nos queremos esconder. Hemos desarrollado la habilidad de disfrazar esa alteración con expresiones y convenciones que encierran a la muerte dentro de un marco social manejable. Meditar sobre la certeza de la muerte y la incertidumbre de su momento nos ayuda a transformar la muerte de otro. De ser algo desagradable pasa a convertirse en una comprensión profunda y serena de la transitoriedad de cualquier vida.